lunes, 23 de mayo de 2011

De lo corta que puede llegar a ser la gente...

Todos aquellos que sigan este blog desde aquí de España, recordarán que el pasado domingo tuvieron lugar las elecciones municipales y autonómicas. ¿Y por que me pongo a hablar de eso ahora? Pues os cuento. Para ese día, almenos en esta comunidad autónoma (Baleares) se había implantado un sistema de voto accesible para personas que, como yo, tienen una discapacidad visual, que teóricamente les permitía votar de forma secreta, sin ayuda de nadie, a través del sistema Braille, que para quien no lo sepa, es el código de lectoescritura que utiliza una persona ciega (más adelante hablaremos de él).

Cuando llegué al colegio electoral de mi zona para ejercer mi derecho a voto, aparentemente todo estaba en orden: en la mesa correspondiente, ya tenían el paquete preparado con todo el material necesario para que yo pudiera votar. Pues bien, con toda la normalidad del mundo abro aqella caja que había allí y me pongo a buscar las papeletas que quería meter en las urnas, por supuesto todas estaban marcadas en braille para que un ciego las pudiera localizar. Para aquellos que no sean de Baleares, para entender bien esta entrada les aclararé que lo que en esta comunidad se elegía eran los regidores del ayuntamiento de cada municipio, los miembros del Consell de Mallorca y el resto de islas, y los diputados al parlamento de Baleares y miembros del Govern Balear. Pues al poco rato descubro, para mi sorpresa, que en el kid de voto accesible este que me han traído sólo me viene un sobre con las papeletas correspondientes a la elecciones a los miembros del Parlamento y del Govern. Las compruebo una vez, y el resto de papeletas no está. Vuelvo a mirar, y efectivamente, no aparecen. “Dios mío, ¿pero qué han hecho?”, pensé yo. El kid de voto accesible no estaba bien. Habían puesto las papeletas correspondientes a las elecciones del parlamento y al Govern, nada más. Y, ¿qué pasa, es que las elecciones al Ayuntamiento y al Consell de Mallorca para los ciegos no existen? Por supuesto, visto el panorama, la persona que me acompañaba, mi madre en este caso, tuvo que ayudarme a buscar las dos papeletas que me faltaban. Hubo la suerte de que en aquel momento iba acompañada de una persona de confianza. Pero, ¿y si llego a ir sola? ¿Qué podría haber pasado si llego a tener que depender de alguien que estuviera por ahí que me ayudara a buscarlas? De ser así, la persona en cuestión habría tenido total libertad de cambiarme una papeleta por otra, y yo podría haberla metido en la urna tan felizmente, sin darme cuenta. Así pues, mi derecho como ciudadana a votar de forma secreta ha quedado limitado. Y de no ir acompañada de una persona de confianza, a saber si mi voto habría podido ser manipulado. Obviamente, hice que constara en acta mi protesta de que no pude ejercer mi derecho a voto libremente por este motivo.

Y me pregunto yo, ¿quién ha sido el iluminado del Partido Socialista, en el poder durante estos últimos cuatro años en Baleares, que ha tenido esta genial idea? Pues a quien haya sido le voy a decir un par de cosas. Y es que, si vas a hacer una cosa de éstas, por favor, o hazlo bien, o no lo hagas. No tienes más complicación que aplicar un poco de sentido común. Haz las cosas bien, no las dejes a medias. Lo único que habéis hecho ha sido otro gasto finalmente innecesario debido a la genial actuación que habéis llevado a cabo (por supuesto, lo de genial lo digo con toda la ironía del mundo).

Esto último también va dirigido a todos los miembros del Partido Popular, quien asumirá el poder tras su histórica victoria, y a su líder y candidato a la presidencia del Govern Balear, el señor Bauzá, para que de cara a las próximas elecciones no cometan la misma idiotez. Y es que esto no es ninguna broma, señores, estamos hablando ni más ni menos que del derecho de un ciudadano a ejercer su voto libremente, el cual se ve limitado porque nuestros gobernantes no hacen las cosas como es debido.

lunes, 16 de mayo de 2011

Metidas de pata

Lo que tiene no ver un carajo es que en ocasiones ocurre que metes la pata hasta el fondo, hasta el punto que deseas que te trague la tierra y no volver a aparecer. A continuación os voy a contar alguna de mis metidas de pata más significativas.

Empezaré por la metida de pata de la semana pasada. En este momento, la calle de mi facultad está en obras, por lo que llegar hasta ahí es un caos. Pues bien, cuando me faltaba poco para llegar, se me acerca un hombre y me dice:
-Espera, te voy a acompañar, no sea que te metas una leche así como está la calle”.
-Gracias –le dije yo, y me agarré a su brazo.
-No tardarán nada en terminar las obras –me dice el buen hombre-.
-Pues a ver si terminan ya, porque están dando demasiado la lata –respondo inocentemente-.
-Sí, -dice él-, pero cuando las obras acaben a nosotros nos echan al paro.
“¡Ay Dios”! Pensé yo en ese momento. Efectivamente, se trataba de uno de los trabajadores de la obra, que había dejado todo lo que estaba haciendo en ese instante para ayudarme y así evitar que me dejara los dientes en cualquier hueco de todo aquel follón. ¡Y yo le había dicho en su propia cara que ojalá pronto le quitaran el trabajo! Sólo acerté a pedirle disculpas, mientras me iba poniendo de todos los colores.

Otro día, antes de entrar a clase, fui a comer a un bar que hay cerca de la universidad y al que voy con frecuencia. En eso que entro, y veo que el ambiente es muy extraño. Viene hacia mí una señora, se acerca y me dice: “Ven por aquí, siéntate”. Así lo hice, y me voy dando cuenta de que todo está muy silencioso, y de que la mesa que tenía delante estaba llena de papeles.
-Pero... ¿tenéis abierto? –le digo yo ya bastante extrañada.
-¿Pero tú dónde vas? –me dice la mujer, notando también que algo raro ocurría-.
-¿Esto qué es? –le pregunto.
Y la tía me dice:
-Esto es una relojería. Tú vas al bar, ¿verdad?

Lo que me había pasado es que me había metido por error en el establecimiento de al lado. Menos mal que me di cuenta a tiempo y no le pedí a la mujer una cocacola, porque si no ya sí que me muero de la vergüenza, jajajaja.

Y otra de las veces que metí la pata fue cuando era pequeñita, debía tener yo unos ocho años, pero me acuerdo porque fue bastante sonada. Y es que un día estaba con mi madre en el super. El caso es que por el motivo que fuera ella me soltó la mano y la perdí por un momento. Al ratito, buscándola, me avalancé corriendo a quien supuestamente era mi madre, pero resultó que la mujer a la que me había agarrado no era mi madre, sino una mujer ya de cierta edad. Nunca olvidaré aquel momento en que mi madre vino rápidamente hacia mí y me dijo: “¡Carmeeeeeeen, qué haceeees!”.

Son muchas las veces que he querido que me tragara la tierra por estos motivos, ¡y las que me quedan! Un besito a todos, hasta una próxima entrada.